De nuevo un homenaje a "Liberty bar", de Simenon.

Hace ya algunos años, en concreto el 9 de mayo de 2007, nacía Liberty. El nombre era un homenaje a la mejor novela de Simenon sobre Maigret, Liberty bar. Luego, ya casi al final, cambió el nombre por el de JAJA, un personaje entrañable de dicha novela. Y, más tarde, Liberty/JAJA desapareció, era abril del 2009: "Hasta... ¿pronto, nunca, siempre?" se despedía entonces con cierto amargor en el alma: "muchos lectores que tienen otros blogs", muchos escritores que enviaban sus libros, algunas editoriales que también lo hacían (había días en que Liberty recibía más de 100 visitas)... dejaron de existir, ya no enviaban, ya no escribían, ya no existían...

Hoy (noviembre 2012) vuelve, con otra dirección (en-liberty.blogspot.com) pero con el fin de recuperar alguno de los textos que allí se publicaron. Y algunas cosas más. Pero haciendo tabla rasa de aquellos años.

Enrique Bienzobas

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viernes, 14 de diciembre de 2012

Los orígenes de la novela policiaca


Imagen tomada de la

Tercera parte:
Romanticismo y novela gótica

A finales del siglo XVIII, en Inglaterra y Alemania, y luego en el resto de países occidentales, surge una nueva estética que huye de aquellas normas impuestas por la Academia, las que decían no sólo lo que era el arte, sino también cómo se debía de concebir, dejando escaso margen, si es que había alguno, a la libertad de creación. Esa nueva estética se manifiesta conflictiva y dinámica frente a la armónica y estable del neoclasicismo, intuitiva frente a racionalista. Presenta una naturaleza agreste de paisajes alejados de lo cotidiano frente a aquella otra estilizada, así aparecen el mar embravecido, el cementerio misterioso, la naturaleza tormentosa… Una estética que sitúa al yo en el centro del universo, que prefiere la intuición a la ciencia, el idealismo al materialismo, la subjetividad del individuo a la objetividad del colectivismo pues desconfía de lo común, vulgar. Nos referimos al Romanticismo.
Es en este momento cuando aparece una novela titulada El castillo de Otranto (1765), de Horace Walpole, la historia de una maldición a raíz de la usurpación del castillo por los Manfred. Cargada de misterios, magia, fenómenos sobrenaturales y pasiones encendidas. Es el principio de una literatura que ha venido llamándose gótica, porque las historias se centran en castillos o monasterios medievales. No es esta literatura romántica propiamente dicha, pero algunos ingredientes del romanticismo si que tiene: atmósfera de misterio y suspense en un marco sobrenatural, fuertes emociones –incluso cierto erotismo implícito- sus personajes están por encima de las generalidades. Todo ello en ambientes tenebrosos: cementerios, tormentas, castillos misteriosos (en los que hay pasadizos secretos, mecanismos endemoniados…). Y misterio, mucho misterio. Además, claro está, de añadir un elemento muy suyo: el terror. Algo que será dominante a lo largo de la historia de este tipo de novelas. Así ocurrió con la mencionada de Walpole y así ocurrió con otras más: El Monje (1796), de Matthew Gregory Lewis; el Manuscrito encontrado en Zaragoza (1805-1816), de Jam Potocki, llevada al cine por el polaco Wojciech (1965), una película excelente, según Buñuel. La crítica considera, con buen criterio, que la novela titulada Melmoth el errabundo (1820), de Charles Maturin, como la obra que concluye el género. A pesar de ello, novelas como El mayorazgo (1817), todavía dentro de la fecha oficial, Vampirismo (1821), las dos de E.T.A. Hoffmann; Carmilla (1872), de J.S. Le Fanu, que dio origen al Drácula (1897), de Bram Stoker; Frankestein o El moderno Prometeo (1818), de Mary Shelley, también dentro de la fecha oficia, y otras muchas más, aunque fuera de la época, se pueden considerar, al menos en parte, como novelas góticas.
Bueno, terminara en 1820 o en un siglo después (La torre de los siete jorobados, publicada en 1920, de Emilio Carrere), la novela gótica, con sus misterios, su intriga, su suspense, su terror, su pasión… es un claro antecedente de la novela policiaca. Sin ella no se puede entender a Poe ni a Conan Doyle. Lo mismo que sin el Romanticismo, no se puede entender a los dos anteriores ni, por ejemplo a La piedra lunar (1868 por entregas y como pieza teatral en 1877) que, aunque muy alejada de la primera aparición de Los crímenes de la calle Morgue (1841), de Poe, o de El clavo (1853), de Pedro Antonio de Alarcón, los hay que la consideran la primera novela policiaca, claro que en Inglaterra.
Con la aparición de los relatos que hablan de crímenes, no podía dejar de interesar al público las historias de malhechores de carne y hueso. Sus historias son contadas muchas veces a través de los propios jueces o abogados y, por supuesto, en el nuevo soporte que había aparecido en el siglo XVIII: el periódico diario. Nos referimos a las “Causas Célebres”.


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